GUÍA 4 COSMOGONÍAS Y COSMOLOGÍAS DE LA ANTIGUEDAD
COSMOGONÍAS Y COSMOLOGÍAS DE LA
ANTIGÜEDAD
Desde el concepto de la Tierra, creada para morada
del hombre, a la visión moderna del Universo, escenario de fenómenos de
magnitudes inconcebibles, la cosmología tuvo que recorrer un largo y
accidentado camino, para adquirir, finalmente, el carácter de ciencia. La
cosmología moderna, estudio de las propiedades físicas del Universo, nació de
la revolución científica del siglo XX.
El mito babilónico de la creación es el más antiguo
que ha llegado a nuestros días.
El Enuma elis (Cuando arriba), escrito quince siglos antes de
la era cristiana, relata el nacimiento del mundo a partir de un caos
primordial. En el principio, cuenta el mito, estaban mezcladas el agua del mar,
el agua de los ríos y la niebla, cada una personificada por tres dioses: la
madre Ti'amat, el padre Apsu y el sirviente (¿?) Mummu. El agua del mar y el
agua de los ríos engendraron a Lahmu y Lahamu, dioses que representaban el
sedimento, y éstos engendraron a Anshar y Kishar, los dos horizontes
—entendidos como el límite del cielo y el límite de la Tierra—. En aquellos
tiempos, el cielo y la Tierra estaban unidos; según la versión más antigua del
mito, el dios de los vientos separó el cielo de la Tierra; en la versión más
elaborada, esa hazaña le correspondió a Marduk, dios principal de los
babilonios. Marduk se enfrentó a Ti'amat, diosa del mar, la mató, cortó su
cuerpo en dos y, separando las dos partes, construyó el cielo y la Tierra.
Posteriormente, creó el Sol, la Luna y las estrellas, que colocó en el cielo.
Así, para los babilonios, el mundo era una especie
de bolsa llena de aire, cuyo piso era la Tierra y el techo la bóveda celeste.
Arriba y abajo se encontraban las aguas primordiales, que a veces se filtraban,
produciendo la lluvia y los ríos. Como todos los mitos, la
cosmogonía babilonia estaba basada en fenómenos naturales que fueron
extrapolados a dimensiones fabulosas: Mesopotamia se encuentra entre los ríos
Tigris y Éufrates, que desembocan en el Golfo Pérsico; allí depositan su
sedimento, de modo tal que la tierra gana lentamente espacio al mar.
Seguramente fue ese hecho el que sugirió a los babilonios la creación de la
tierra firme a partir de las aguas primordiales.
La influencia del mito babilónico se puede apreciar
en la cosmogonía egipcia. Para los
egipcios, Atum, el dios Sol, engendró a Chu y Tefnut, el aire y la humedad, y
éstos engendraron a Nut y Geb, el cielo y la Tierra, quienes a su vez
engendraron los demás dioses del panteón egipcio. En el principio, el cielo y
la Tierra estaban unidos, pero Chu, el aire, los separó, formando así el mundo
habitable. Para los egipcios, el Universo
era una caja, alargada de norte a sur tal como su país; alrededor de la Tierra
fluía el río Ur-Nes, uno de cuyos brazos era el Nilo, que nacía en el sur.
Durante el día, el Sol recorría el cielo de oriente a poniente y, durante la
noche, rodeaba la Tierra por el norte en un barco que navegaba por el río
Ur-Nes, escondida su luz de los humanos detrás de las altas montañas del valle
Dait.
Trazas del mito babilónico también se encuentran en
el Génesis hebreo. Según el
texto bíblico, el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas en el
primer día de la creación; pero la palabra original que se traduce comúnmente
como espíritu es ruaj, que en hebreo significa literalmente viento.
Para entender el significado del texto, hay que recordar que, antiguamente, el
aire o el soplo tenían la connotación de ánima o espíritu (verbigracia el
"soplo divino" infundido a Adán1). En el segundo día, prosigue el texto, Dios puso
el firmamento2 entre las aguas superiores y las inferiores;
esta vez, la palabra original es rakía, un vocablo arcaico que
suele traducirse como firmamento, pero que tiene la misma raíz que la
palabra vacío. En el tercer día, Dios separó la tierra firme de las
aguas que quedaron abajo[...] Estos pasajes oscuros del Génesis se aclaran si
recordamos el mito babilónico: Marduk —el viento, en la versión más antigua—
separa las aguas (el cuerpo de Ti'amat) para formar el mundo, y la tierra firme
surge como sedimento de las aguas primordiales.
En el Veda de
los antiguos hindúes se encuentran varias versiones de la creación del mundo. La idea común en ellas es que el Universo nació
de un estado primordial indefinible; después de pasar por varias etapas, habrá
de morir cuando el tiempo llegue a su fin; entonces se iniciará un nuevo ciclo
de creación, evolución y destrucción, y así sucesivamente. Según el Rig
Veda, en el principio había el no-ser, del que surgió el ser al tomar
conciencia de sí mismo: el demiurgo Prajapati, creador del cielo y la Tierra,
el que separó la luz de las tinieblas y creó el primer hombre. En otro mito, el
dios Visnu flotaba sobre las aguas primordiales, montado sobre la serpiente sin
fin Ananta; de su ombligo brotó una flor de loto, del que nació Brahma para
forjar el mundo.
Según los mitos hindúes el Universo era una
superposición de tres mundos: el cielo, el aire y la Tierra. La Tierra era
plana y circular, y en su centro se encontraba el mítico monte Sumeru
(probablemente identificado con el Himalaya), al sur del cual estaba la India,
en un continente circular rodeado por el océano. El cielo tenía siete niveles y
el séptimo era la morada de Brahma; otros siete niveles tenían el infierno,
debajo de la Tierra.
La concepción del Universo en la China antigua se encuentra expuesta en el Chou pi suan
ching, un tratado escrito alrededor del siglo IV a.C. El Kai t'ien era demasiado complicado para
cálculos prácticos y cayó en desuso con el paso del tiempo. Alrededor del
siglo II d.C., se empezó a utilizar la esfera armilar
como un modelo mecánico de la Tierra y el cielo. Al mismo tiempo surgió una
nueva concepción del Universo: la teoría del hun t'ien (cielo
envolvente), según la cual: "... el cielo es como un huevo de gallina, tan
redondo como una bala de ballesta; la Tierra es como la yema del huevo, se
encuentra sola en el centro. El cielo es grande y la Tierra pequeña."
Posteriormente, las teorías cosmogónicas en China
girarán alrededor de la idea de que el Universo estaba formado por dos
sustancias: el yang y el yin, asociados al
movimiento y al reposo, respectivamente. De acuerdo con la escuela
neoconfucionista, representada principalmente por Chu Hsi en el siglo XII, el yang y
el yin se encontraban mezclados antes de que se formara el
mundo, pero fueron separados por la rotación del Universo. El yang móvil
fue arrojado a la periferia y formó el cielo, mientras que el yin inerte
se quedó en el centro y formó la Tierra; los elementos intermedios, como los
seres vivos y los planetas, guardaron proporciones variables de yang y yin.
Mencionemos también la cultura maya, que floreció en Mesoamérica, principalmente entre
los siglos IV y IX de nuestra era. De lo poco que se ha podido
descifrar de sus jeroglíficos, sabemos que los mayas habían realizado
observaciones astronómicas de una precisión que apenas se ha podido igualar en
nuestro siglo. Los mayas usaban un sistema vigesimal con cero, con el cual
realizaban complicados cálculos astronómicos; su calendario era más preciso que
el gregoriano usado en la actualidad, y habían medido la precesión del eje de
rotación terrestre con un error de sólo 54 días en 25 720 años.
En contraste con la excelencia de sus
observaciones, las concepciones cosmológicas de los mayas eran bastante
primitivas —por lo menos hasta donde se ha averiguado—. Creían que la Tierra
era rectangular y que el Sol giraba alrededor de ella. El día del solsticio, el
Sol salía de una de las esquinas de la Tierra y se metía por la opuesta; luego,
cada día, la órbita del Sol se recorría hasta que, en el siguiente solsticio
—seis meses después—, el Sol salía y se metía por las otras dos esquinas
terrestres. Los mayas tenían especial cuidado de construir sus templos según la
orientación de los lados de la Tierra.
ESTRATEGIAS
PARA APRENDER A PENSAR – COMPLETE MAPA MENTAL
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